sábado, 27 de octubre de 2012

De las cosas que salen sobrando con el tiempo


Existen cuentos de hadas que disfruto más en papel, y no es que sea una amante del autoengaño, por el contrario, mi reciente faceta de pesimista me lo tiene estrictamente prohibido, simplemente creo que el paso del tiempo y el amor se combinan de una forma seca y ordinaria.

Al crecer, las sorpresas se buscan en otros lugares, se miente a conciencia, se disfruta en presente y se evita  el futuro. Las expectativas estorban tanto como la moral, y entre todo este golpe de realidad, uno deja de buscar lo que un día tanto quiso tener.  

jueves, 25 de octubre de 2012

Desconocidos


Amacene apenas, y a pesar del agotamiento, hoy no puedo dormir.

Como siempre, has dejado este lugar oliendo a ti, ese olor que en los primeros minutos de la mañana se transforma en la pena de no tenerte siempre y de haberte perdido una vez más.

Avanza el día, y tras un poco de agua en la cara, la pasajera melancolía da lugar a una gran sonrisa.

La vida sigue su ritmo y el recuerdo se esfuma a sabiendas que en una de estas noches, con suerte, nos volveremos a conocer; y con suerte también, con suerte y con certeza, habrás de llevarme a ese punto tan lejano a la cordura.

Repetir el comienzo cien veces, o las veces que sean necesarias, con tal de vivir cien veces el siempre distinto y extraordinario final.

Como siempre, querido extraño, es un placer volverte a conocer. 

martes, 25 de septiembre de 2012

A Alonso Lujambio:


Aquel primer día que pisé el ITAM, cargando las decenas libros que te obligan a comprar al ingresar, y un montón de sueños, un hombre habría cambiado mi vida para siempre.

Los días en Río Hondo #1 transcurren con frialdad, pero había un aula, el SA1 en mi caso, en la todo era diferente.

Los siguientes 5 meses aprendería a respetar mi profesión, a apasionarme por la lectura, el debate y el café, pero sobre todo, a enamorarme de la Ciencia que me permitiría, al menos en potencia, darle a México lo que desde hacía mucho tiempo había deseado.
Esta historia se repite por decenas y decenas, durante varios años.

Se escribirán muchas reflexiones, jamás suficientes,  sobre las aportaciones que Alonso Lujambio le dió a este país. Pocas de ellas serán justas en algo: lo que ese brillante hombre dejó en las conciencias de los que un día fuimos sus alumnos, es un legado incalculable. Yo solo fui una más, y hoy sé que fui una privilegiada.

Desde esta trinchera del México que ayudaste a construir, me despido de ti, querido Alonso. Te agradezco por contagiarnos con tu entrega. Gracias, en lo personal, por darme el ánimo y la fuerza que un día comenzaba a perder.

Será en tu honor, colega.

Sé que un día nos volveremos a ver. Hasta entonces y hasta siempre.
PF