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domingo, 4 de noviembre de 2012

Cobardía a modo de salvación


Me encantaría ser más valiente y pedirte un tanto más, contarte que estoy obsesionada con tu pasión, con tus manos fuertes y con el efecto que tienen en mi. Ver tu cara tras confesarte que pienso en ti más de lo permitido, que tu recuerdo me tuerce las entrañas y enchina la piel. Que por ti lo dejaría todo, que estoy dispuesta a vivir de tu carne y tu locura durante el tiempo que nos alcance, aunque pierda lo poco que tengo, aunque nunca resulte suficiente.

Quisiera descubrir cómo y por qué me has traido hasta aquí, a este lugar en el que luchan a diario el deseo y la razón, a este tiempo en el que me importa tan poco lo que siempre he buscado y me quita tanto lo que nunca busqué…

Pues sí, tengo una lista grande de fijaciones, encabezada con tu nombre y relacionada con todo lo que representas. Con mucha ironía, esta cobardía es mi única salvación. 

jueves, 25 de octubre de 2012

Desconocidos


Amacene apenas, y a pesar del agotamiento, hoy no puedo dormir.

Como siempre, has dejado este lugar oliendo a ti, ese olor que en los primeros minutos de la mañana se transforma en la pena de no tenerte siempre y de haberte perdido una vez más.

Avanza el día, y tras un poco de agua en la cara, la pasajera melancolía da lugar a una gran sonrisa.

La vida sigue su ritmo y el recuerdo se esfuma a sabiendas que en una de estas noches, con suerte, nos volveremos a conocer; y con suerte también, con suerte y con certeza, habrás de llevarme a ese punto tan lejano a la cordura.

Repetir el comienzo cien veces, o las veces que sean necesarias, con tal de vivir cien veces el siempre distinto y extraordinario final.

Como siempre, querido extraño, es un placer volverte a conocer. 

sábado, 22 de septiembre de 2012

Vivir en sepia


Al terminar finalmente con mi simplona historia de amor #4, se instaló aquí, por más tiempo del que debía, una incapacidad para encontrar cualidades en los demás.
Todo me aburría y nada me enamoraba lo suficiente. Ni la música, ni la ropa, ni las tardes, ni las noches, ni la playa, ni el vino, ni mi gato… ni los enemigos.
Con la sensibilidad descompuesta me di a la tarea de hacer lo que quise, sin margen de error, sin riesgo al melodrama, ni a las pérdidas.
En el camino me topé primero con el hombre prototipo de gran partido, ese al que por mutuo acuerdo decidí no conocer mejor. Un buen amante que pasaba ocasionalmente por la cama en la que cada noche soñaba con cualquier cosa, menos con él.
Luego, tenía para mí los recuerdos, reciclados, desgastados de tanto recurrir a ellos. Tenía al amor más clandestino de todos, al que la vida me dejaba tener en dosis mínimas, seguramente previniéndome de un desenlace trágico y doloroso. Finalmente, tenía para mí mis fantasías, unas cuantas cumplidas y otro montón abandonadas. Eso de vez en cuando me hacía sonreir.
El vacío y la frialdad estuvieron por varios años, fue una etapa personal en la que todo guardaba un aparente orden y una aburrición relativamente cómoda.
Por las mañanas tomaba buenas decisiones, la creatividad fluía y la seguridad sobraba. Por las noches, sin embargo, en el único espacio que reservé en mi vida para esa tarea, el amor había perdido mi respeto y se convirtió en ensayo permanente de placeres decorosos. 
Invertí mucho tiempo, suficiente, en las lecciones teóricas y prácticas que me convertirían en una mejor amante. Perdí la costumbre en todo lo demás. 
Luego, alguién llegó, y comenzó a pintar de colores los rincones. Me importaba poco, hasta que sin darme cuenta, un día dejó de ser así.
A veces recuerdo esa época sepia con mucha nostalgia. La vida era perfecta rodeada de secretos, y todo lo demás, en aquellos días, se resolvía con sencillez.

jueves, 12 de julio de 2012

Música de fondo

Inspirarme con la misma canción. No porque sea buena, si no porque me recuerda a uno de esos hombres que ha pasado por mi vida. Probablemente el más dedicado de todos. También el más gris.

Siempre que lo veía estudiar, admiraba su nivel de concentración. Supongo que en el subconsciente, trato de buscar eso que a ratos me resulta imposible... con su música.

Mi práctica carece de sentido, pero funciona la mayor parte del tiempo.

Así yo, arrastrando fetiches y fijaciones en todo momento.

miércoles, 25 de abril de 2012

Le hace falta sabor


Lo conocí siendo casado. Era un romance cien por ciento ilícito, inmoral, mal visto y secreto. Detrás de mis paredes y debajo de mis sábanas, era el cielo.

Horas después de haberlo conocido (cuando un dolor de cabeza amenazaba con llevarme a la muerte, producto de media docena de ginebras que tomé esa noche), ya sabía que lo quería para el resto de mi vida.

Lo nuestro se preparó a fuego lento. El primer año de conocernos apenas y nos vimos unas 8 veces. Luego, algo pasó en su vida que comenzó a buscarme más. Coincidió con una etapa de la mía en la que yo recuperaba mi libertad. Entonces podía darme el lujo de no salir de mi departamento por tres días, escribía desde ahí. Él iba y venía. Regresaba en las madrugadas con la mejor comida del mundo. Me alimentaba y me amaba. Luego se iba por las tardes.

Me di cuenta que todo había cambiado cuando mi casa comenzó a oler a él, a algo un poco dulzón, el mismo olor que siempre me recordó a mi abuelo, el otro gran hombre de mi vida.

Fueron cuatro meses en los que no nos despegamos. Entonces yo vivía sola, y él hacía tiempo que también. Mis ahorros se comenzaron a agotar, lo mismo que mi paciencia. Lo invité a vivir conmigo.

Esa noche me puse un vestido bonito, él se rasuró, perfumó, y llevo a nuestra casa 2 botellas de vino. Bailamos, reímos, y hasta lloramos juntos. Recuerdo esa noche con más anhelo que nuestra propia boda. Ese día supimos que lo habíamos encontrado todo.

Juntos formamos una pareja digna de revista: el éxito, la química, el status, el morbo alrededor de los orígenes de nuestra relación, la diferencia en edades, nuestro estilo de vida, todo lo nuestro era complemento.

Y fui feliz, la mujer más feliz. Durante años, antes de conocerlo, traté de imaginar a la persona con la que terminaría compartiendo mi vida, nunca lo pude imaginar a él, pero el día que llegó, en una especie de revelación, caí en cuenta que estaba por fin frente a mi.

Me lo arrebató la curva del Km. 276 de una carretera que jamás volveré a cruzar. Pasaron 11 meses y 17 días para que yo pudiera guardar sus cosas en cajas de cartón. Todavía me duele en cada rincón. Todavía me despierto a la 1:15 am creyendo que regresó a nuestra casa. Todavía extraño sus manos y sus ojos verdes.

Hoy me basta con bautizar con su nombre todas las cosas bonitas que me topo por la vida. Nuestro perro duerme en su lugar. A mis días le hace falta toda su pasión, a la casa, el eco de su risa. A mi… a mi me falta todo. Mi vida no sabe a nada sin él.